Putrov y Polunin: Los hombres salen de la sombra

Ivan Putrov ha interpretado a muchos de los príncipes del ballet. Demasiados quizás. Los clásicos del siglo 19 siguen siendo una parte importate en el repertorio del ballet, con el hombre a menudo obligado a proporcionar algo más que galante apoyo. Pero Putrov cree que los bailarines están entrando ahora en una edad de oro. “Hemos salido de la sombra de la bailarina”, dice el ex principal del Royal Ballet. “Durante los últimos 100 años, ha habido una transformación de los hombres, ya no son príncipes, pueden  ser cualquier cosa.”

Esto no es una declaración  menor para  alguien que, de niño, no tenía ningún deseo de ser bailarín, su madre lo engañó para que hiciese una  audición para la escuela de ballet de Kiev. Pero los 31 años de edad, está tan convencido de este cambio radical que  ha programado un espectáculo donde casi todos serán hombres:  “Men in Motion” que se estrenará en Londres a finales de enero.

El programa de Putrov incluirá un siglo de la coreografía y cuentan con un reparto internacional, incluyendo a Putrov, el argentino Daniel Proietto, y Sergei Polunin, de 21 años de edad, el niño prodigio del Royal Ballet.

“Mi madre era una bailarina”, dice Putrov. “Mi papá era solista en la misma compañía y yo siempre estaba en el teatro”. Dice que quería ser diferente, e incluso cuando se le concedió un lugar en la escuela de Kiev pasó su primer año prometiendo que no volvería a poner el pie en el escenario. Sin embargo, siempre fue el primero de su clase, y, finalmente, se llevó el codiciado papel del niño en el popular ballet de Ucrania “La Canción del Bosque”. “Podía sentir a la audiencia, la música y eso fue todo.”

Una década más tarde, Polunin se encontró interpretando el mismo rol, aunque le tomó más tiempo caer en la magia del escenario. Sus padres eran muy pobres y su madre lo empujó a la danza, porque “era una manera para mí y mi familia de tener una vida mejor”. Esa idea era completamente ajena a un niño de Kherson, un remoto pueblo de Ucrania. “En mi ciudad, el ballet no existe.” Pero hizo un tipo de formación como gimnasta y hasta que hizo la audición en Kiev.

Polunin se ve triste por un momento. “Me hubiera gustado portarme mal, jugar al fútbol,  me encantaba el deporte, pero toda mi familia estaba trabajando para que yo tuviera  éxito. Mi madre se había trasladado a Kiev para estar conmigo”. Su determinación condujo a una beca de la Royal Ballet School a la edad de 13 años. A medida que maduró comenzó a apreciar el arte del ballet. “Ahora estoy mucho más interesado en la emoción y el drama.”

Algunos  bailarines admiten que envidian a sus compañeras, que llegan a bailar Giselle, Aurora, Odette / Odile. No estos dos. “Yo no pasaría por la agonía de la zapatilla de punta”, sonríe Putrov. Y a pesar de que, en los clásicos, el hombre hace el trabajo y tiene mucho menos material para bailar, ambos aseguran que  la experiencia puede ser liberadora. Mientras que las mujeres tienen que realizar sus variaciones como el coreógrafo decretó, a los hombres se les permite ofrecer sus propias versiones preferidas de piruetas o saltos.

Polunin dice que hay pocas sensaciones físicas  que se puedan  comparar con la emoción de elevarse hasta en la cúspide de un gran salto. “Cuando se va un poco más alto de lo que piensas que normalmente puedes  y  sientes la adrenalina y la emoción del público, es realmente genial.”

Dicen que hay más que suficientes obras en los repertorios del siglo 20 y 21, que dan al  “hombre la igualdad de la mujer, o aún más importantes”. Ballets de MacMillan o Ashton ofrecen personajes masculinos complicado, divertido y poderosos, hay momentos en los trabajos de Wayne McGregor en que la codificación sexual disminuye casi hasta desaparecer.

Putrov se ha estrenado como coreógrafo, sin embargo, afirma que no tiene planes, por ahora, de dedicarse a ello tiempo completo. Por el contrario, planea bailar tanto como su cuerpo le permita otro de los aspectos que, según afirma, de los buenos tiempos para los bailarines. “Podemos bailar por más tiempo ahora. Bailar puede ser muy duro para nosotros, físicamente: cuando saltamos las articulaciones reciben todo el impacto. Usamos nuestros cuerpos al extremo, como atletas. Pero un atleta está quemado a los 25 años, un bailarín, si tiene una buena escuela sigue por mucho más tiempo. La carrera ha cambiado.

(Entrevista completa en www.guardian.co.uk)

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