A Tamara Rojo no le gusta el aplauso fácil


Apenas tenía 5 años cuando sintió “la primera llamada”. Su madre se retrasó en ir a recogerla al colegio y, para entretener la espera, una profesora la invitó a entrar en la sala de ballet. Aquel feliz descubrimiento determinaría su futura vocación.

Tamara Rojo (nacida casualmente en Montreal el 17 de junio de 1974), primera bailarina del Royal Ballet-Covent Garden de Londres, alcanzó el privilegiado puesto en 2000, con 25 años. Entonces fue la más joven de la compañía en conseguirlo. 

¿Ser la estrella del Royal Ballet es lo máximo a lo que una bailarina puede aspirar?

Es una de las compañías que, sin poseer un pasado histórico dilatado, tiene uno de los mejores repertorios y un considerable prestigio internacional. Siendo la compañía residente de la Royal Opera House, uno de los teatros mejor equipados del mundo, bailar con estas condiciones supone un privilegio para cualquier bailarín. Al mismo tiempo, aunque representa el ballet británico, el Royal acoge a un número importante de bailarines de diferentes nacionalidades, una cualidad que le internacionaliza aún más.

En su sencillo camerino  se concentra para visualizar el personaje que va a interpretar. En estos momentos ensaya Marguerite & Armand, obra cumbre de Frederick Ashton.

¿Cómo se relaja antes de salir a escena?

Lo que hago para controlar los nervios es prepararme bien. Tardo al menos una hora y media en arreglarme el pelo y maquillarme, y dedico casi el mismo tiempo a elegir las puntas que voy a utilizar para la actuación y el calentamiento.

Su rutina de trabajo recuerda a la de un deportista de élite: “Dos días a la semana hago Pilates a las 8:30 de la mañana, y de ahí voy a la clase diaria de ballet. Durante la jornada tengo ensayos, generalmente un máximo de cuatro horas y media. Otros dos días a la semana hago strength and fitness con un preparador físico. Es lo que necesito para estar en forma y preparar el repertorio. Si no tengo actuación termino a las 18:30 horas, lo que me da la oportunidad de disfrutar de otras aficiones que me alimentan: teatro, cine, danza, exposiciones… Los días que hay actuación termino alrededor de las 2 de la tarde y descanso hasta las 16:30. A partir de esa hora empiezo a prepararme, para terminar el espectáculo hacia las 11 de la noche.

Qué tipo de sacrificios tiene que hacer una primera bailarina para mantenerse en la élite?

Más que de sacrificios, prefiero hablar de trabajo y dedicación. La danza clásica es muy exigente, no permite relajaciones ni años sabáticos, pero también da algo difícil de explicar, sensaciones y satisfacciones que cada una siente de forma diferente.

Aparte de su admirado Antonio Gades, también dice haber aprendido mucho de colegas como Sylvie Guillem, Lynn Seymour o Mats Ek.

¿Con qué pareja se ha sentido más cómoda?

La química con una pareja de baile tiene que ver con la musicalidad, con la sensibilidad interpretativa… Entre mis grandes partners estarían Carlos Acosta, Julio Bocca, Jonathan Cope y, en la actualidad, Sergei Polunin.

Aunque reconoce que algunas personas nacen con un don especial para el baile, los principales cimientos de su carrera son el esfuerzo y la perseverancia. “Hay que tener unas condiciones mínimas, como la musicalidad y la coordinación, pero la mayoría de los bailarines en parte nacemos y en parte nos hacemos”, afirma la artista, elegida Personaje Fuera de Serie 2011 en la categoría de Danza.

Antonia Mercé ‘La Argentina’ dejó escrito que “la danza es verdad”. ¿Qué es la verdad en danza?

Transmitir al público todo el caudal de sentimientos y expresividad que contiene esta disciplina, sin trucos ni aparentes virtuosismos para provocar el aplauso fácil. En suma, rigor técnico y entrega interpretativa.

Más que obsesiva en la preparación de sus papeles, es “minuciosa y perfeccionista”. No extraña que criticara con dureza la película Cisne negro, “no sólo por difundir la patraña de que la actriz protagonista (Natalie Portman, ganadora de un Oscar por este papel) se hace en dos tardes prima ballerina, sino por estar llena de clichés negativos. Obras como Billy Elliot han ayudado a divulgar las cualidades de la danza y a contrarrestar algunos prejuicios sociales. Por el contrario, Cisne negro trivializa una obra de arte sublime para vender un thriller mediocre. Es evidente que muchos padres se plantearán si quieren una profesión de paranoicos para sus hijos. A la larga pagaremos un precio muy alto: el de las vocaciones”.

Con información de  fueradeserieexpansion.com

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